Este episodio de Radioficción, de Más de uno, sitúa una comida ficticia en un restaurante francés para repasar el arte de la mentira y el engaño. Carlos Alsina y Sergio del Molino dialogan con un Orson Welles interpretado en la función, que defiende que la gente cree lo que quiere creer.
La conversación recorre La guerra de los mundos, Ciudadano Kane y la manera en que el teatro, la radio y el cine construyen ficciones capaces de convencer al público. Los oyentes conocerán cómo funcionan las bromas, los falsos documentales y la fuerza de la credulidad.
Las opiniones sobre la credulidad del público son las de los personajes y no hechos comprobados.
En este episodio Carlos Alsina, Sergio del Molino
Esta página del episodio sobre Orson Welles se creó con la tecnología que HappyScribe emplea en su transcripción Zoom.
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Radioficción. Es mentira, pero está pasando. Con todos ustedes, el anfitrión de este espectáculo: Carlos Alsina.
Muchísimas gracias. Gracias, como siempre, por llenar las butacas de nuestro teatro lleno, completo. Gracias por venir. La función de esta mañana, les cuento que tiene como eje central el mundo de la broma, o de las bromas. Así que, para darle un tema al teatro, esta mañana hemos escondido en algunos de sus asientos varios cojines de flatulencias. Enhorabuena a los agraciados. Ahí está alguno ya que ya lo ha probado. Y alguna otra broma que van a ir descubriendo a lo largo de esta próxima hora.
¿Algún espejo del baño está trucado, por ejemplo, y no refleja...? Bueno, ya lo verán. El resto de bromas no las voy a destripar; las van a ir ustedes descubriendo a lo largo de la función. Bueno, todo el material para decorar el teatro con bromas, por supuesto, ha sido comprado gracias al mecenazgo de nuestro patrocinador, Sombreros Montalvo, a quien le agradecemos siempre su colaboración y su apoyo a las artes, al arte escénico.
Que sepan que el dinero que nos da, pues, está muy bien invertido. El patrocinador son Sombreros Montalvo. Si no perdemos hoy el patrocinio, no lo perdemos nunca. Bueno, con su permiso, voy a dar paso a Sergio del Molino, que hace tiempo que no viene por aquí y le echábamos de menos, y me ha dicho que para su entrevista de hoy necesita un cambio de decorado y un montón de extras y de actores secundarios, porque la verdad es que Sergio últimamente se está poniendo como muy especialito, muy exigente, sí. Así que vamos a ver qué es lo que trae.
Cambiamos el decorado, por favor, para Sergio del Molino, si es posible, y le ponemos este de prado, sí. Vale, ahora ya veo dónde estamos.
Buen día, monsieur. Hoy tenemos langosta a térmido y suflé al gusto.
Discúlpeme, que yo le podría hacer una pregunta.
Dígame, monsieur.
¿Esto es un restaurante?
Oh, là, là. Nos gusta pensar que somos más que un restaurant. Está usted en su casa, monsieur.
Ah, sí. Bueno, sí, estoy un poco en mi casa, sí, porque este es el teatro nuestro, ¿sabe?
Pues igual, está bien, señor, bien, señor. ¿El señor tiene reserva?
Pues, la verdad es que no. Sí, sí, sí, sí, sí, sí. El señor tiene reserva. Tenemos, tenemos reserva. Tenemos reserva, sí. Tenemos reserva. Un aplauso para Sergio del Molino, por favor. Gracias. Muchas gracias, muchas gracias.
Bueno. Buenos días. Sergio, ¿cómo estás?
Muy buenos días, Carlos. Pues, a ver, ¿no recuerdas? ¿Tú no recuerdas que habíamos quedado para almorzar?
Sí, ahora que lo dices, pero pensé que era a la hora de comer, porque son las 11:18 de la mañana y yo todavía tengo las palmeritas de chocolate a medio digerir, entiéndeme.
Ya, pero es que esta gente, esta gente almuerza muy pronto, Carlos. Habíamos quedado, es que no habíamos quedado en los polígonos, habíamos quedado en Los Ángeles en 1960, y por aquella época, pues, la gente de Hollywood almorzaba, pues, a estas horas.
Ah, pero entonces era un brunch.
¿Un qué?
Un brunch, brunch. Brunch es una cosa que hace la gente así sofisticada, que no es ni desayuno ni comida, es un brunch.
No, qué brunch, qué brunch, ni qué brunch, ni qué brunch. No, mira, mira, en 1960 la gente de Hollywood solo iba a los restaurantes como una excusa para poder seguir bebiendo, porque no veías cómo le daba al frasco a esta gente, que se iban al restaurante para que el whisky no les cayera tan hondo, ¿no? Entonces, bueno, la comida era una excusa nada más.
Por favor, señores, ¿tienen reserva?
Sí.
Sí, sí, sí, sí. Mire, perdone, a ver, estará a nombre de Humphrey Bogart o de Cary Grant, no sé, el primero que le salga.
Voilà, aquí le tengo. Bienvenido, otra vez, señor Bogart. El otro comensal es espera a la mesa.
Sí, gracias. Humphrey Bogart, Sergio, ¿en serio?
Sí, es que intenté reservar con Carlos Alsina, pero no me dieron mesa. Carlos, es que no, en estos sitios hay que echarle un poquito de cara, ¿sabes?
O hay que ir, entiendo.
Sí, son tan amables. ¿Acompañarme?
Sí, sí, por favor, sí, perdóneme.
Sí, claro, le seguimos, le seguimos, sí, sí, sí, sí.
La que me termina en un restaurante el día en el que la función va de bromas, pues, la verdad es que gracia no hace, Sergio. No irás a escabullirte cuando traigan la cuenta, ¿no? O algo así.
No, no, no, no, no, no, para nada, nada. Un del Molino paga siempre, paga siempre sus deudas. No, el bromista es nuestro invitado, que es un maestro del fake.
Es que el caso es que este sitio a mí me suena, ¿no? ¿Hemos estado antes aquí?
No, no lo creo, no lo creo.
Sí, que a mí me suena muchísimo todo esto que estoy viendo.
No, lo que pasa es que todos los restaurantes franceses se parecen, Carlos.
No, ya sé de qué me suena, ya sé de qué me suena. Este es el restaurante que sale en la película de los Monty Python.
¿En qué película? ¿En La vida de Brian?
No, La vida de Brian no.
En el restaurante ese.
No, La vida de Brian no, la que sale un señor muy gordo, cada vez está más gordo y al final explota, que come y revienta y todo lo que se ha comido invade, inunda el restaurante, esa, la del sentido de la vida.
¿Cuál es esa?
Esta es su mesa, caballeros. Les dejo con su amigo. Enseguida les tomaremos nota de los aperitivos.
Buenos días, señores. Así que un señor gordo que explota. Veo que han estado hablando de mí y de mi futuro inmediato.
No, señor, no, no, no, no, señor Wells, por favor, no hablábamos de usted, ¿no?
No, pero es que.
¿Cómo vamos a hablar? No, no.
Sergio, que este es el señor gordo que explota en la película de Monty Python.
Por Dios, ¿cómo va a ser él? A ver, este señor es Orson Welles, nuestro admirado y queridísimo Orson Welles.
El mismo, ese soy yo. Disculpen que no me levante, me ha costado mucho sentarme.
Nada, no pasa nada, don Orson, gracias por recibirnos, gracias, por quedar con nosotros.
Es un placer charlar con amigos de mi querida España. Disculpen también que haya empezado sin ustedes. La liebre a la royal está exquisita. He pedido media docena para abrir boca.
Ah, qué bien que nos haya hecho el trabajo de ha pedido para todos, así lo.
¿Para todos? Estas son mis liebres, cásense las suyas.
Carlos, no toques la comida de Welles, que se pone hecho una furia, por favor.
Don Carlos Alsina, qué ilusión.
Anda.
Me ha dicho aquí nuestro común amigo Sergio que se dedica usted a la radio, el medio donde empecé.
Sí, sí, sí. De hecho, hemos hecho algunos homenajes a La guerra de los mundos, de '38.
Oh, qué bien lo pasamos aquella noche en los estudios de RKO. Pensaban que estábamos locos. Y no será porque no avisamos en cada intermedio que aquello era una adaptación de una novela.
Eso es a mí lo que más me impresiona de la historia, ¿no? Que usted en realidad no engañó nunca, no engañó a nadie, no sé por qué hubo tanto pánico.
Ay, amigo. Ahora le contesto. Mozo, moza, mozo.
¿Don? Moza, ¿qué desea, señor?
Otra botella de Château Latour, que esta no me ha durado nada, y otro barril de ostras.
Enseguida, monsieur.
¿Qué estaba yo diciendo? Ah, sí, me preguntaba por la credulidad de los oyentes, ¿verdad?
Eso, eso, eso.
Miren, todo esto tiene una explicación bien sencilla, y sobre ella he construido mi obra. La gente cree lo que quiere creer, ni más ni menos, aunque le pongas la verdad delante de los ojos, si han escogido la mentira, se quedarán con la mentira.
Pero usted es el maestro del engaño, ¿no?
¿Yo? Pobrecito yo.
Sí.
Tan solo soy un actor, un contador de historias, un entertainer que siempre dice la verdad.
Ah, pero me va usted a perdonar, don Orson, pero a usted siempre le ha gustado jugar con las verdades y las mentiras. La guerra de los mundos, Ciudadano Kane, o sea, usted se inventó la radioficción que no parece radioficción y el documental que no parece un documental. Y más tarde se inventó el falso documental, con F de fake.
A ver, en eso consiste actuar, ¿no? Cuando uno se sube a un escenario, se pone ante una cámara o un micrófono, intenta convencer de que lo que hace es verdad, aunque todos sepan que es mentira.
Es parte del juego, ¿no?
Ya, pero tiene razón Alsina. A ver, usted empezó en la radio con La guerra de los mundos, donde convenció a todo un país de que se estaba produciendo una invasión alienígena, que ya es convencer a la gente, ¿eh? Y luego siguió con Ciudadano Kane, que es verdad que es una película de ficción, pero se presenta como un documental sobre la vida de un señor.
De un señor de ficción que interpreto yo, pero que se basaba en un señor real que todo el mundo reconocía. Discúlpeme, pero nadie se creyó que Ciudadano Kane fuera un documental.
Hombre, pero claro, por supuesto que hubo gente que se lo creyó.
Ah, sí, dígame quién.
Pues William Randolph Hearst, por ejemplo, el verdadero Ciudadano Kane.
De acuerdo, de acuerdo, me ha pillado, se lo compro.
Si me permite, monsieur Wells, su vino y sus ostras. Pongo dos copas más.
No, no, aquí las botellas son individuales. Gracias, maître.
Si me permite usted, señor Wells, que diga yo una cosa.
Entre españoles, don Orson, siempre don Orson.
Bueno, pues don Orson, que es que me gustaría volver a algo que dijo usted antes, eso de que la gente quiere creer mentiras y que las cree aunque le adviertan de que lo son.
Exactamente.
Ya, entonces, lo de La guerra de los mundos entonces estaba previsto. O sea, ¿usted sabía que la gente se iba a creer la invasión aunque se avisara de que lo que se estaba emitiendo era una adaptación de una novela?
Contaba un poco con ello, sí.
Ya. Y podría explicarlo un poco mejor para que los oyentes ya lo terminen de entender.
A ver, déjeme probar el vino antes.
Mmm, mmm, qué rico.
Merecía la pena derrotar a los nazis solo para que no se quedasen con el vino. Yo, sobre todo, soy un actor. A los 15 años ya hacía Shakespeare por esos mundos de Dios, y si algo aprendí en aquellos corrales es que la gente tiene ansia de creer cualquier cosa que le saque del aburrimiento, cualquier cosa. La radio y el cine no son más que extensiones del teatro. Eso ya lo saben ustedes. No inventamos nada que no hiciera Shakespeare, y lo que aprendemos en el escenario vale para la pantalla y para el transistor.
¿Y qué aprendió exactamente en el teatro? ¿Qué es lo que aprendió?
A eso voy, impacientes. Yo aprendí que el escenario no basta. Si la mentira se queda confinada a una escena y no rompe la cuarta pared, la experiencia es un entretenimiento tan aburrido como el resto de las cosas que hacen a diario. Ir al teatro así es como bajar la basura o hacer recados. Si sabemos que los actores actúan y que todo es decorado, la tragedia más grande se quedará en algo rutinario y sin sabor.
¿Y cómo se rompe esa cuarta pared? A ver, ¿cómo la chaparra?
Ah, eso es mejor, eso es lo mejor. Si lo haces con pasión, no hace falta romperla. Es el público quien no la ve, se vuelve invisible. ¿No es mucho mejor creer en una invasión extraterrestre que en tu propio matrimonio o en el suspenso en matemáticas de tus hijos? Si ofrecemos algo mejor que la realidad, nuestra ficción la invadirá. La gente está siempre dispuesta a creer las mentiras mejor contadas.
Oye, Carlos, ¿tú crees que los radioaficcionados, aficcionados, me gusta decir esto, aficcionados, se creen nuestras mentiras?
No van mal encaminados, no van mal encaminados.
Bueno, pero a juzgar por las caras de disfrute del público, pero tienen que armar una mucho más gorda si no provocan disturbios y no tiene que salir nadie a pedir disculpas ni explicaciones por el roto. Me lo había preguntado a mí, Sergio, y yo no he llegado a. Pero bueno, que da igual, si todo esto nos va a venir muy bien para el siguiente relato que tenemos preparado, señor Wells.
Pues es verdad, es verdad, porque la función de hoy trata precisamente de farsas, de bromas, de mentiras que la gente toma por verdaderas. Así que los guionistas, pues, creo que están tomando lección de esta, están tomando nota de esta lección magistral de Orson Welles.
Recuerden el alboroto y las faltas de disculpas. Hay que provocar disturbios, disturbios. Les pondré un ejemplo. Señores, dicen que hay duendecillos encerrados bajo el suelo del restaurante.
Hombre, esa mentira es muy burda.
¿Qué?
No va a colar.
¿Duendecillos? No, pero ¿cómo que hay duendecillos? Tenemos que liberarlos. Pobres duendes, esclavos del capitalismo.
Pero qué mentira.
¿Usted está lista para verlo?
Sí, claro. ¿Qué está provocando un incendio?
Enloquecido, ha enloquecido, sobre todo esta señora, que están quemando el restaurante.
Dejen de romper cosas, por favor.
Bomberos, por favor.
Fuego.
¡Que arda! ¡Que arda!
Llama, llama, llama a los bomberos.
Madre de Dios.
Llama a los bomberos.
Pobres duendecillos.
Que han perdido el juicio.
Por favor.
Oh, Dios.
Vamos a hacer el intermedio, a ver si así se relaja un poco aquí el personal.
Bomberos.
No, Sergio, Sergio, coge la manta, vamos a apagar tú y yo el fuego, porque si no.
Esto también.
No, ocúpate tú de apagar el fuego.
Adiós.
Adiós.
Adiós, Sergio.
Adiós, adiós.
Adiós, yo salgo huyendo.
Quiere usted deje de quemar cosas, por favor. El intermedio.
El intermedio.
Radioficción en Más de uno. Intermedio.
Sergio del Molino realiza una entrevista al afamado actor, escritor y director de cine.Sergio del MolinoCarlos AlsinaJorge Abad Atrezzista- Borja F. SedanoJosefina- GabiMaitre- Begoña HernandoOrson- Gustavo Ausín Guion original de Pablo Díez.