El episodio recupera el aluvión que azotó Tenerife y Canarias entre el 7 y el 8 de noviembre de 1826, una catástrofe meteorológica que, según las cifras oficiales, dejó al menos 370 fallecidos, destruyó cientos de casas y cultivos y alteró la línea de la costa. Nieves Concostrina explica por qué quedó olvidada y cómo la Universidad de La Laguna y una asociación de memoria han impulsado su recuperación, con exposiciones y actos por el bicentenario.
Analiza también la falta de ayuda oficial recibida durante el reinado de Fernando VII y el papel de la Iglesia, según sus propias valoraciones.
En este episodio Nieves Concostrina
Esta transcripción del episodio sobre el aluvión de 1826 en Tenerife se hizo con la tecnología de HappyScribe que impulsa las actas de reunión automáticas.
Los anuncios de este audio no coinciden con el texto. Toca la frase que estás escuchando para seguirla.
Sincronizado: el texto sigue ahora el audio.
Láser.
En la ventana, "Acontece que no es poco", un relato personal de la historia con Nieves Concostrina.
Hola, Nieves, buenas tardes.
Buenas tardes, Carles.
Aquí estamos otra vez.
Otra vez, otra vez.
Fíjate, estaba pensando que la historia es un poco como el universo: infinito, no se conocen sus límites. Y por eso, cuando vas rascando, rascando, aparecen de repente cosas absolutamente insospechadas. Fíjate, ahora que acabamos de recordar los dos años de la DANA de Valencia, la que provocó más de 200 muertos, ahora que estamos, parece, cada vez más convencidos de que hay que ponerse las pilas con los fenómenos meteorológicos extremos, tampoco pasa nada por recordar que desgracias de estas las ha habido siempre. Por ejemplo, hace dos siglos, en Canarias, en Tenerife concretamente, sufrieron los efectos de un huracán, como si fuera un ciclón tropical, que no puede serlo porque no estamos en el trópico, bueno, lo que fuera, una catástrofe a la que llamaron "el aluvión".
Yo no sabía nada de esto, absolutamente nada.
Ni yo, ni yo. Es que yo no lo compartimos porque es que es un tema del que yo no había oído hablar en mi vida. Es el aluvión de 1826 en Canarias, que se cebó con todas sus ganas, sobre todo en Tenerife. Ni idea de esto. A ver, no es que tengamos que estar informados de todas las catástrofes históricas padecidas, pero me extraña no haber oído hablar jamás de esta, pese a la cantidad de veces que he estado en Tenerife. Mucho más cuando... Sí, es que además existe una asociación cultural y científica que se llama así, Asociación por la Memoria del Aluvión, que lleva años muy activa divulgando, contando, explicando lo que pasó con aquel aluvión, aquella tragedia que se llevó por delante entre 370 y 500 vidas, puede que hasta 1000, según algunas fuentes.
Más o menos.
1000 vidas, sí. Que destruyó 650 casas de 21 pueblos, que mató a más de 1000 animales, arrasó 15000 higueras del sur de Tenerife y todos los viñedos del norte, y que provocó, fíjate, provocó tal cantidad de barrizal y escombros que llegaron al mar que hasta se modificó la línea de la costa. Se modificó esa línea. Fue la mayor catástrofe meteorológica del archipiélago y se registró en la noche del 7 al 8 de noviembre de 1826.
Los canarios seguramente conocen bien este episodio, muy segura lo digo yo, o no, porque, en fin, hasta hace nada se había borrado toda memoria de aquella tragedia. Yo me entero de este asunto del aluvión de 1826 porque una canaria, o que vive en Canarias, porque la verdad es que no sé si es canaria, Carmen Calzadilla me dijo por Instagram: "¿Tú conoces este episodio?". Y como supo ponerme un buen cebo en el anzuelo, porque metió en el mensaje a un Borbón más tuerzo, metió a Fernando VII, a Fernando VII, dijo: "Uy, uy, uy", dije: "Uy, ¿qué es esto?
Yo voy a enterarme". Y ya que me he enterado, pues lo contamos.
Esta es la isla Canaria. Divertida y parrandera.
Oye, estamos hablando de aluvión, ¿a qué exactamente? ¿A unas inundaciones, a una riada?
Parece como has indicado, que parece que fue un ciclón tropical o un huracán, pero es que, claro, hablamos de hace 200 años, es difícil de determinar. Entonces lo llamaron Tormenta de San Florencio, porque antes los ciclones, los huracanes, las tormentas llevaban nombres de santos, porque, bueno, los católicos son un coñazo insufrible, es que se meten en todo, hasta en las tormentas. Son un tormento, más que una tormenta. Poner nombres de santos a tragedias meteorológicas que dejaban cientos de muertos es como decir que te las ha enviado el canalla de Dios.
Tampoco es eso, ¿no? Tampoco es que mejorara luego la cosa. Te digo, cuando se decidió a finales del XIX poner a los huracanes nombres de mujeres.
¿Y de quién fue la idea?
Este, pues de un meteorólogo australiano, un capullo, no tiene otro nombre. Así fue como pasamos del canalla de Dios al machista australiano. Todos los huracanes con nombres de mujeres. Eso ya sabes que se ha arreglado y va de otra manera, ¿no? De cualquier forma, en Tenerife se conoce como el aluvión, más que como el tormentón de San Florencio. Las cifras oficiales trasladan 370 fallecidos documentados, de ellos unos 40 en Gran Canaria. Pero claro, hablamos de hace dos siglos y quizás el recuento no se pudo conocer con el detalle que se conocería ahora.
Probablemente serían muchas más, además de los 1100 y pico animales que proporcionaban el sustento a cientos de familias y todas las cosechas perdidas. Más los 1000 que quedaron ahí. Espere, porque 650 casas fueron totalmente.
Desastre monumental el que estás describiendo.
Fue tremendo, fue tremendo.
Oye, pero el hecho de que ya has dicho de que exista una asociación por la memoria del aluvión da pistas de que al menos hay un cierto trabajo, una tarea de divulgación para que se conozca, para que no se olvide este hecho.
Sí, y lo que he buscado, a mí me parece un trabajo magnífico y muy científico, que comenzó cuando en 2010 la Universidad de La Laguna decidió recuperar la memoria.
2010 es anteayer, claro, claro.
Sí, claro, claro. Pues ahí es cuando deciden recuperar la memoria de este hecho del que, por supuesto, los canarios se habían olvidado. Pues si aquí nadie se acuerda de cómo los militares españoles asesinaban a ciudadanos en pleno siglo XX, hace nada, y sembraron España con 6000 fosas, ¿te vas a acordar de un ciclón tropical de 1826? Pues no. La Asociación por la Memoria del Aluvión tiene una web, para quien quiera ahí bichear un poco, se llama aluvion1826.es, es muy fácil.
Todo junto, ¿eh?
Todo junto, aluvion1826.es. Ahí está todo muy bien explicado, y para insistir en que aquel archipiélago deforestado, rural y empobrecido era un territorio idóneo para que se cebara la tragedia. Como bien dicen, recordar hoy aquella catástrofe natural no es nostalgia, es preparación.
Más que nada porque puede volver a ocurrir. Quiero decir, si despertó un volcán en La Palma, pues puede registrarse otro que le llamamos ciclón tropical, que no puede ser, pero vamos, como si fuera un ciclón tropical.
Sí, sí, sí. Sí, porque pudo ser, no lo sé, algo muy raro, fue una bestialidad. Pero no es que nadie esté conmemorando solo el bicentenario del aluvión, lamentándose por los pueblos arrasados y contando la cronología de aquel devastador temporal que duró 48 horas. Ha habido a lo largo de 2026, sobre todo, un afán por concienciar en prevención frente a los riesgos naturales. Se han celebrado jornadas científicas en Tenerife y Gran Canaria con historiadores, meteorólogos, geógrafos y miembros de protección civil para hablar del pasado y de riesgos futuros.
Hay una exposición itinerante muy interesante con mapas, documentos, textos y grabados que muestran la cronología del aluvión. La evolución de la catástrofe se ha podido reproducir muy bien, por una parte investigando mucho y dejándose los ojos, el legajos, porque se han rescatado los testimonios de cronistas, viajeros y párrocos que describieron con todo detalle la destrucción de los más de 20 pueblos, de cómo se abrieron hasta 12 barrancos más en La Orotava. También han realizado un documental que se titula "El aluvión de 1826".
Y los actos, que por eso quería que lo contáramos hoy, culminarán este sábado 7 de noviembre en el Ayuntamiento de la Villa de La Orotava, exactamente cuando se cumplan 200 años desde el aluvión. Aquel ciclón, o lo que fuera, no provocó muertes solo en las islas, porque es que los barcos que pasaban por allí, o que estaban fondeados por comercio o haciendo alguna escala, es que también se hundieron. Una fragata francesa acabó destrozada, murieron 15 hombres, y cuatro se salvaron agarrados a un peñasco que sobresalía en la costa.
Mira, esto que escuchamos es la banda sonora de "La tormenta perfecta", así que nos viene al pelo.
George Clooney era esa, ¿no?
Exacto, exacto.
Sí, sí, me encanta esa peli.
Sí, sí, fue buena peli.
Sí, sí, me encantó.
Claro, vamos al anzuelo de la oyente que contactó contigo.
Sí.
Toda esta tragedia se dio durante el reinado de Fernando VII.
Sí.
Se me ocurre preguntar, por conectarlo con él, no sé, ¿cómo se gestionaron las ayudas?
Es que ahí está la clave, sí. No se gestionaron.
No hubo.
Nada. Los canarios quedaron absolutamente desamparados y sin poder levantar cabeza. Y hay que recordarlo, es la enorme diferencia de que gestione un Borbón o un gobierno. A Fernando VII le llega a tocar como a Pedro Sánchez una pandemia, un volcán, un apagón y la DANA de Valencia, y estábamos todos muertos, directamente. El PP de Mazón hizo en Valencia lo mismo que Fernando VII en Canarias 200 años antes, absolutamente nada, salvo irse a comer con la presunta periodista Maribel a un reservado. Afortunadamente, ahora sus católicas majestades, los reyes de España, don Felipe y doña Letizia, solo pueden ir a los escenarios de las tragedias cuando ya se están resolviendo las crisis, ya están en marcha o ya están resueltas, para la foto, que está muy bien.
En aquel 1826, España atravesaba la conocida en la historia como década ominosa, 1823-1833, fue esa década. Claro, eso de ominosa es un palabro que casi nadie entiende porque nadie usa. Y así conseguimos que pase desapercibido el gran desastre que fue este país otra vez, cada vez que caía en manos de un Borbón. Ominoso significa abominable.
Abominable, sí.
Despreciable. O sea, la década del Borbón fue, según la RAE, odiosa, repugnante, repulsiva, ruin, abyecta, vil o execrable.
No está mal.
Claro, eso es lo que define la RAE como ominoso. Pero claro, si la llamamos ominosa, pues ya tenemos blanqueado al más tuerzo porque nadie sabe qué demonios quiere decir. Y en esa década despreciable, el Borbón más tuerzo estaba ocupado fusilando liberales, censurando la cultura y dando todo el poder para la represión a la Santa Madre Iglesia, que aquel mismo año del aluvión de 1826 todavía andaba ejecutando a maestros por no ir a misa con sus alumnos.
Oye, por volver directamente a lo del aluvión, pero vamos a ver, no llegó ni una sola ayuda desde la península?
Nada, indiferencia absoluta, absoluta. Lo explicó muy bien en una de las conferencias que se han dado en este bicentenario del aluvión el historiador Pedro Quintana de Andrés, que puso el contexto a la catástrofe. Esa España sumida en la precariedad y en la marginación tras la restauración del Borbón en el trono. A Fernando VII le importaban esas islas de ahí abajo un bledo, no envió ayudas, no ayudó a la reconstrucción. Y pese a que las islas quedaron económica y humanamente arrasadas, con hambre, con enfermedades, se siguieron cobrando los impuestos como si nada hubiera ocurrido.
Y ahora vamos a ver de dónde llegó la ayuda humanitaria a Canarias.
O sea, llegó alguna ayuda?
Sí.
¿De dónde?
De Inglaterra, de una suscripción popular y privada organizada en Londres por comerciantes británicos que estaban vinculados comercialmente con Canarias y se conmovieron por aquella inmensa tragedia. Canarias sufría tantas sequías, plagas, hambrunas y epidemias, que una catástrofe más, por muy grave que fuera, se sumó a las demás y cayó en el olvido, que es lo que pasa cuando se asume la desgracia. Con todo, no sé yo si de haber ido Fernando VII de visita, habrían salido los canarios a recibirle diciendo: "Viva el rey", "Abajo la Constitución", que era lo que le gritaban por aquel entonces los descerebrados súbditos españoles.
"Abajo la Constitución, viva tú". La Santa Madre Iglesia, ocupada solo en su propio negocio, tampoco echó un cable a los desasistidos canarios, pese a la acumulación enorme de trigo, millo, vino y papas.
¿Cómo acumulación de trigo? Ahora lo cuentas, pero alguna misa por lo menos harían en recuerdo de los fallecidos, ¿no?
Eso nunca falta, sí, sí, sí, misas siempre, por supuesto. De eso hicieron mucho, hicieron rogativas para que el Señor Dios ayudara a los canarios, muchas misas, muchos rezos y muchos sufragios para pedir ayuda económica y que el dinero, por supuesto, se lo dieran a la multinacional, que ella se encargaría luego ya de repartirlo o no. El obispo de la diócesis de Tenerife se llamaba Luis Folgueras y Sipión, y como hace rima, digamos que fue un cabrón durante el aluvión. Y antes y después del aluvión también, porque se negó a repartir los alimentos acaparados, y solo cuando arreciaron las críticas, semanas después, repartió 200 fanegas de trigo.
Trigo, por cierto, según él, conseguido gracias a las numerosas procesiones de muñecas con las que cargaban a hombros los obedientes crédulos canarios y celebradas dos años antes del aluvión, porque había sequía. Entonces sacaban a las muñecas, a las vírgenes, para que lloviera. Bueno, pues llovió. Eran rogativas para que llegara la lluvia y trajera buenas cosechas de las que se beneficiaba el obispo y su empresa. Y nada, la lluvia llegó, el obispo acaparó, el aluvión mató, y aquí paz y después gloria.
Gran frase esta de "aquí paz y después gloria".
La gente mala es muy mala, ya les vale de que van. Adolf Hitler y Bin Laden se pasaban mogollón.
Y la música de "Ojete calor" para cerrar ya. En fin, a eso se le llama terminar en alto.
Sí.
A la nieve, a descansar, hasta la próxima semana.
Para no perderte ningún episodio, síguenos en la aplicación o la web de la SER, Podium Podcast o tu plataforma de audio favorita.
Nieves Concostrina detalla el devastador aluvión ocurrido entre el 7 y el 8 de noviembre de 1826 en Tenerife y Canarias, causado por un ciclón tropical o tormenta que dejó cientos de muertos, destruyó miles de casas y cultivos, y modificó la costa