Nieves Concostrina relata el viaje de once meses que emprendieron los porteadores africanos, liderados por Jacob, para trasladar el cuerpo embalsamado de David Livingston desde el interior de África hasta la abadía de Westminster. El episodio repasa los peligros del camino, la parada en Zanzíbar, donde el cuerpo fue certificado, y la llegada a Londres.
También analiza por qué Westminster admite a unos personajes y rechaza a otros, y cuenta el origen del explorador Henry Morton Stanley y la búsqueda impulsada por el New York Herald que terminó con el hallazgo de Livingston en 1871.
En este episodio Nieves Concostrina
Esta transcripción del episodio sobre el traslado del cuerpo de Livingston se hizo con la tecnología que HappyScribe utiliza para las notas automáticas de reuniones.
Los anuncios de este audio no coinciden con el texto. Toca la frase que estás escuchando para seguirla.
Sincronizado: el texto sigue ahora el audio.
Láser.
En la ventana, "Acontece que no es poco", un relato personal de la historia con Nieves Concostrina.
Hola, Nieves, buenas tardes.
Hola, Carlos, ¿qué tal? Buenas tardes.
Me alegra mucho, me alegra mucho volverte a saludar, porque ya he comentado esta tarde que cuando, joder, cuando ocurren desgracias de esta magnitud, nunca sabes muy bien cuándo, cuándo aflojar, cuándo empezar a enfocar la mirada hacia otros lados. Pero creo que ya va tocando, y lo estamos haciendo esta tarde en la ventana. Bueno, y además es que teníamos una serie pendiente, porque ayer empezamos a hablar de la historia de David Livingston, a partir del que se lo encontró y le dijo: "Doctor Livingston, supongo". Y hay que seguir. Ayer dejamos algo muy importante colgado, que es.
Más que ayer, antes de ayer.
Anteayer, efectivamente, anteayer, efectivamente.
Sí, no, estamos, estamos descontrolados con el calendario.
Pero fíjate algo tan importante como un traslado complicadísimo de miles de kilómetros a través de África, de los restos mortales de Livingston. Así que ya, venga, retomamos y todo tuyo.
Sí, retomamos. Ayer era un día para estar con el estómago encogido.
Y hoy también, pero bueno, hay que seguir.
Sí. Los que no teníamos nada que hacer y los que hicisteis, hicisteis bien, pues estar ahí a pie de obra, ¿no? Pero bueno, es lo que toca. Es cierto, el martes dejamos a David Livingston listo para emprender camino hacia su tumba de honor en la abadía de Westminster. Partieron de la actual Zambia, en pleno centro de África, del centro un poquito hacia el sur, y tenían que viajar hacia el noreste, hacia Tanzania, o sea, subiendo un poco y hacia la derecha del mapa, para entendernos, y llegar a la costa del Océano Índico.
El viaje fue un suplicio.
Muy extraño.
Aquellos 1.600 kilómetros africanos recorridos con Livingston al hombro, bueno, eso estuvo repleto de peligros. Los porteadores sufrieron amenazas, ataques, robos, porque claro, es que no a todo el mundo le hacía gracia que anduvieran atravesando sus tierras cargando con un muerto, y encima con un muerto blanco. Aunque ya, aunque ya, la verdad es que ya estaba hecho polvo de tanto tratamiento embalsamador y eso ni era blanco ni era nada. Pero supongo que eso de estar con muertos de acá para allá, además, no les encajaba en sus costumbres y les daba a los africanos, pues les daba yuyo.
Algunos pueblos gastaban, gastaban muy mala leche, los wayibi, que estos tiraban a dar. Y también hubo bronca con los guarungu y los wafipa. Lo del nombre de las tribus me da igual, pero me hace gracia decirlo.
Pero está bien, está bien.
Warungu, wayibi, sí, sí. Wakawaka. Bueno, eso sí, en ningún momento se arrugaron los porteadores y defendieron el cadáver de David Livingston, sin vacilaciones. Sobre todo el africano Jacob, que siguió pegado a su amigo. Recordemos que protegido iba Livingston por una corteza de árbol, hasta que llegaron después de meses de penalidades a una aldea de la costa del Índico. Allí esperaban para rendir homenaje a Livingston mil esclavos liberados y agradecidos.
Hay que recordar, por si alguien se perdió el capítulo de ayer y no ha podido todavía recuperarlo, que claro, David Livingston fue un antiesclavista muy potente, y de ahí el agradecimiento, ¿no? Bueno, claro, fueron cientos de kilómetros para llegar a la costa de Tanzania, pero bueno, tenían que llegar al Reino Unido, que también hay un trecho. O sea, ¿cuál fue la siguiente parada después de eso?
Pues la isla de Zanzíbar, donde nació el que está cantando.
Ah, mira, es verdad, Freddie Mercury, sí.
Claro, ahí nació. Freddie Mercury era africano, nació en Zanzíbar. Oficialmente la isla se llama Unguya, porque en realidad Zanzíbar es un archipiélago, pero a la isla más grande la llaman igual, de forma extraoficial, Zanzíbar. Y ahí, justo enfrente de Tanzania, el cuerpo de Livingston fue trasladado a un féretro más europeo y menos ecológico, la verdad. Le quitaron la corteza de árbol, la manta y todos los ropajes con los que habían envuelto el cadáver, y lo pusieron en una caja de madera y zinc para que el traslado fuera más decoroso hacia la supuesta civilizada Europa.
Pero antes, allí en Zanzíbar, un médico, el doctor Kirk, que era en ese momento el cónsul británico en la isla, certificó que efectivamente ese era David Livingston. Y eso no hubiera podido hacerse si Jacob y sus amigos no hubieran preservado bien el cuerpo. Durante los días que estuvo en la isla, cientos de africanos siguieron acercándose a rendir homenaje al explorador. Y por supuesto, el fiel amigo Jacob siguió pegado a David Livingston, durmiendo junto a él, velando junto a él, vamos, ni un minuto.
Partieron juntos de Zanzíbar y llegaron juntos a Londres. Y junto a él, portándolo a hombros, Jacob entró en la abadía de Westminster. Habían pasado 11 meses y medio desde la muerte de Livingston, 11 meses y medio, casi un año. El fiel Jacob dejó caer en la fosa de su amigo una rama de palmera que había llevado con él desde África. Era su última ofrenda a la persona que tanto luchó contra la esclavitud.
Oye, este hombre debió despertar una admiración sincera y muy potente si se decidió su entrada directamente en la abadía. Porque eso no ocurre siempre, ni mucho menos.
No, qué va, no, no, no. Tienen que estar unánimemente aceptados, sin discusión, los valores humanos o los logros científicos o la indiscutible importancia internacional del personaje. Stephen Hawking, que has mencionado, este entró de cabeza. Bueno, entró de cabeza es un decir porque fue incinerado y no se sabía ya dónde tenía los pies y la cabeza. Isaac Newton, sin discusión, y tampoco hubo discusión con David Livingston. Su sepultura es una de las más buscadas por los turistas, y merece la pena llegar hasta ella y leer el epitafio.
"Traído por manos fieles, por tierra y por mar. Aquí descansa David Livingston, misionero, viajero, filántropo". Y también están recogidas ahí, en la lápida, las últimas palabras que escribió: "Todo lo que puedo añadir a mi tranquilidad es que las ricas bendiciones del cielo bajen sobre cada uno, sea americano, inglés o turco, y que ayuden a curar esta herida abierta en el mundo". El tráfico de esclavos.
Ostras.
Sí, es muy bonito. Tampoco es que, a ver, que queda así muy bien y tal, pero tampoco es que Westminster sea impecable con sus decisiones, porque cuando se solicitó el ingreso de Oscar Wilde, lo negaron, porque un homosexual en la abadía eso no podía ser, por supuesto. Sí, claro. También por su supuesta inmoralidad se negó todas las veces que se solicitó el ingreso de Lord Byron, que tampoco está allí en la abadía. Pero mira, con el que acertaron negándole la entrada en Westminster fue con Henry Morton Stanley. También gran explorador, pero una mala persona, por eso a él lo mandaron a ofrecer monas.
El rey de la 1314 no sabe lo que es cotizar. Él es el centro del mundo, y ya después lo demás quedará. Por fin vas a terapia, vas al psicólogo, también psiquiatra. Pero de qué te sirve si siempre mientes más que hablas? Te harán un monumento a la deshonestidad.
Hombre, desde luego, solo por lo que respecta a las actitudes tan diferentes, tan opuestas ante el esclavismo, Stanley no podía estar en el mismo lugar que Livingston, ¿no?
Sí, mucho. Menuda perla.
Sí, sí, ya lo sé.
Menuda perla, sí, sí. Y bueno, ya tuvo bastante con aquella vez en la que Stanley encontró al que no se había perdido. Con eso ya tenía bastante. Porque además nunca más volvieron a coincidir. A Stanley no se le puede quitar ni un ápice de mérito por sus exploraciones, vale. Lo que pasa es que las cosas se pueden hacer bien o dejando muchos cadáveres en el camino. Y precisamente su entierro en Westminster se rechazó, entre otras razones, porque tenía sangre en las manos. Vamos a contar quién fue este tipo, más allá de ese momento en el que la historia lo dejó unido para siempre a Livingston.
Porque es que eso fue un rato en la vida de los dos, pero la historia le ha dado tal trascendencia, el periodismo exageró tanto aquel encuentro, que la verdadera cara de Henry Morton Stanley, pues quedó muy disimulada. Stanley era periodista muy ambicioso, de los burdos, de los que no reparan en gastos por ver su nombre en luminosos. Stanley estaba en España, además, cuando recibió un telegrama del director del New York Herald, James Gordon Bennett Jr., que decía: "Venga a París, asunto importante".
Todo esto lo contó luego Stanley, como siempre que escribía, adornándolo mucho. Por ejemplo, diciendo que estaba en Madrid cuando recibió el telegrama, pero en realidad estaba en Valencia. Como gran parte de su vida se conoce por su autobiografía, pues todo era épico y exagerado. Cuando se pudieron contrastar cosas y añadir todo lo que había obviado contar, pues se descubrió al verdadero Henry Morton Stanley, que ni siquiera se llamaba así. Su nombre era John Rowlands. Lo otro era un seudónimo.
Oye, pero has citado el New York Herald, que es un periódico norteamericano.
Sí.
También en Estados Unidos estaban interesados en encontrar a Livingston? O sea, allí también era famoso este hombre o qué?
Sí. Bueno, es que la exploración de África era un asunto que tenía fascinado a medio mundo. Bueno, por no decir a todo. África era un continente gigantesco, misterioso, estaba repleto de belleza. Y exploradores como Livingston entonces, o antes de él, John Speak y Richard Francis Burton, o después Robert Scott y Amundsen en los polos, eran celebridades de cuyas hazañas estaba pendiente todo Dios. Estaban enseñando nuevos rincones del planeta inexplorados, dispuestos a todo por la fama.
De esos parámetros precisamente se salía Livingston, que fue un explorador obsesivo con el intento de encontrar las fuentes del Nilo, pero sin dejar de ver lo que ocurría a su alrededor en África. Por eso fue cambiando el foco y dejó de estar tan preocupado por los titulares y por informar de sus pasos, que es que estuvo tres años sin dar señales de vida, y se centró en explorar, pero sobre todo en las relaciones humanas y en la defensa de los pueblos africanos. Y eso que, fíjate, que la primera vez que Livingston llega a África no lo hace como explorador, sino como evangelizador.
Él era un cura de su secta protestante.
Sí, era misionero, sí, sí.
Claro. Pero llegó, vio, y además de fascinarse por la exploración, dejó de preocuparle la evangelización cuando estaba viendo cómo los supuestos cristianos esclavizaban y asesinaban a seres humanos. Hay unas palabras muy conmovedoras atribuidas a Jomo Kenyatta, este fue el primer presidente de la República de Kenia, dichas cuando por fin se liberaron del yugo blanco, cuando se independizaron. Y dijo este político: "Cuando ustedes, los blancos, llegaron a África, nosotros teníamos la tierra y ustedes trajeron la Biblia.
Aprendimos a rezar y a aceptar sus creencias. Nos dijeron: 'Recemos', y nosotros cerramos los ojos y rezamos. Y cuando los volvimos a abrir, ustedes tenían nuestra tierra y nosotros la Biblia".
De todas formas, no es por ser mal pensado, pero eso de que un periódico pusiera en marcha la búsqueda de Livingston, huele un poco a que había más interés por vender ejemplares que por encontrarle.
Pues sí, parece. No, no, parece no. Si la búsqueda hubiera corrido por cuenta de las autoridades, como de hecho se intentó en Reino Unido, porque ahí los periódicos se ocupaban del tema pidiendo la implicación de sociedades científicas o del gobierno, porque era un hombre en teoría desaparecido, pues entonces quizás habría sido un interés por encontrarle. Pero el director del New York Herald buscaba vender periódicos, quería una exclusiva para su portada, y sabía que si invertía en alguien que buscara a Livingston, lo encontrara vivo o muerto, las ventas estaban aseguradas.
Por eso se lo propone a Stanley, porque era un tipo tan ambicioso que no iba a reparar en peligros ni iba a tener escrúpulos en hacer lo que hubiera que hacer. También te digo que Stanley fue un tipo sin escrúpulos porque creció y se buscó la vida entre gente sin escrúpulos. Nada bueno podía salir de ahí. El caso es que Stanley y el director del Herald se reunieron en París, y ahí le dijo el director James Gordon Bennett: "Encuentra a Livingston". Stanley le dijo que eso iba a costar mucho. "Cueste lo que cueste", le dijo, "tenga 1,000 libras, y cuando se acabe, liberaré 1,000 libras más y luego otras 1,000, pero encuentra a Livingston".
Y lo encontró aquel 28 de octubre de 1871. Y me he quedado otra vez sin poder contar lo que quería contar.
Vaya, ya estamos.
No era este mío, es que me he liado, me he liado, me he liado. Seguiremos con ello, para entender cómo y por qué se manchó las manos de sangre y por eso le fue vetada la entrada en la abadía de Westminster, por mala gente.
Bueno, Nieves, pues hoy lo dejamos aquí. De todas formas, como queda material pendiente, queda material pendiente, ¿no?, de esta historia.
Queda un material importante, que es sacarle los colores a los que ya estén muertos.
Al tal Stanley.
Al tal Stanley.
Vale, pues mira, la próxima semana, si te parece, no sé qué día, pero la próxima semana lo completamos, ¿vale?
Venga.
Para no perderte ningún episodio, síguenos en la aplicación o la web de la SER, Podium Podcast o tu plataforma de audio favorita.
Nieves Concostrina relata el épico y accidentado viaje de once meses en el que los porteadores africanos, liderados por el fiel Jacob, transportaron el cuerpo embalsamado de David Livingstone desde el corazón de África hasta su entierro en la Abadía de Westminster.