Nieves Concostrina repasa en este episodio la historia de David Livingstone, explorador, médico y defensor de los pueblos africanos, y su famoso encuentro con el periodista Henry Morton Stanley en 1871. Explica el origen de la frase «Doctor Livingstone, supongo», las distintas versiones del diálogo y el contexto de la búsqueda de las fuentes del Nilo Blanco.
Después aborda la muerte de Livingstone en 1873 y la singular repatriación de su cuerpo, preparado por sus amigos africanos, que enterraron su corazón bajo un árbol en Zambia. Es el primer capítulo de una miniserie sobre el explorador.
En este episodio Nieves Concostrina
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Láser.
En la ventana, "Acontece que no es poco", un relato personal de la historia con Nieves Concostrina.
Hola, Nieves, buenas tardes.
Buenas tardes, Carlos.
¿Qué tal? ¿Cómo estás?
Muy bien, todo bien.
Todo en orden?
Sí, sí, todo en orden.
Todo en orden, todo en su sitio.
A ver.
Hoy iniciamos una mini serie, a propósito, de David Livingstone: explorador, médico, misionero, un personajazo que realizó grandes informes, grandes aportaciones a la botánica, a la geología, a la zoología, en el corazón de África. También contribuyó a la correcta cartografía de parte de ese continente. Coño, pero es curioso: su fa bueno, su fama, igual no su fama, pero se le conoce en gran medida por una frase que él no pronunció, la famosa: "Doctor Livingstone, supongo".
Totalmente.
Es curioso eso, ¿eh?
Totalmente, sí, sí. Pero bueno, a ver, ¿quién no conoce al doctor Livingstone? Pues supongo que nadie, todo el mundo lo conoce. Pues sí, mira, vamos a conocer hoy, mañana, y yo qué sé, si pasado también.
Sí.
Seguramente sí.
¿Miniserie?
Sí, sí. A dos hombres: uno muy bueno y otro muy canalla. Uno se llamaba David Livingstone, esta era la buena persona, una persona, como diría mi madre, muy humana. Siempre decía eso: "es una persona muy humana". Y un incansable luchador contra la esclavitud. El otro, el de la mala sangre, que este era una persona muy animal, era Henry Morton Stanley, esclavista y un tío sin escrúpulos. Y resulta que un día tal que mañana, 28 de octubre, pero de 1871, estos dos hombres se encontraron en el corazón de África, y desde entonces los libros sobre exploradores recogen la famosa frase que se supone el malo le dijo al bueno: "Doctor Livingstone, supongo".
Y como esto va de suposiciones, pues aquel momento se supone que fue un gran triunfo de Stanley, que llegó a África con la misión de buscar a Livingstone, pese a que Livingstone no se había perdido, estaba donde quería estar. Esto es lo mismo que esos que dicen que un tal Colón descubrió América. A ver, no descubrió nada; tropezó con ella, inició una conquista, por supuesto, una colonización, pero los que vivían allí ya se habían descubierto a sí mismos hacía muchos siglos.
Efectivamente.
Luego también tenemos a ese otro yanqui que dicen que descubrió Machu Picchu. Pero tú qué vas a descubrir si hasta el Machu Picchu te llevó un guía local, te dijo: "Mira lo que hay aquí". O sea, tú solo fuiste el primer yanqui que lo vio, eso sí. Pero vamos a ver cuánto hay de verdad en ese romántico relato del encuentro entre Stanley y Livingstone, porque el tal Stanley tenía mucho cuento encima.
O sea, por lo que estás contando, el encuentro, ese encuentro del que tanto se ha hablado, no fue como nos han contado, o no exactamente.
A ver, es que solo hay una versión.
Ya.
El diálogo que pasó a la historia entre Stanley y Livingstone a orillas del lago Tanganica en 1871 es el siguiente: "El doctor Livingstone, supongo". "Sí", respondió Livingstone levantándose su birrete azul. "Doy gracias a Dios por haberme permitido encontrarle", continuó Stanley. "Me considero dichoso por estar aquí para poder recibirle", remató Livingstone.
Señor educado.
Sí, sí, sí, todo educadísimo. O sea, esto parece que estaban en un club londinense de la Inglaterra victoriana, más que en un poblado africano. Este diálogo es el que reprodujo Stanley en su diario, y que no coincide, que luego algunos dicen que intentó quitarlo, borrarlo, porque no coincide con lo que contó David Livingstone, que dijo que, a ver, que el encuentro ni fue tan protocolario, ni se descubrió para saludarnos, ni le dijo eso de que era dichoso por recibirle. Lo que pasa es que a Livingstone no le dio tiempo a escribirlo. Le diría algo así, pues como lo que le dijo la vieja Pepe Bejínez: "¿Y tú de quién eres?
¿Y tú de quién eres? ¿De qué eres? ¿De Marujita?". Bueno, vamos al turrone a saber por qué uno estaba buscando al otro, pese a que el otro no estaba perdido. Ponemos el contexto en aquellos mediados del siglo XIX. La exploración de África tenía fascinado a medio mundo, y David Livingstone, que se había demostrado un magnífico explorador, fue designado en 1865 por la Real Sociedad Geográfica de Gran Bretaña para localizar las fuentes del Nilo. Y allá que fue el escocés a buscar dónde demonios nacía el Nilo Blanco, o a confirmar si nacía donde ya lo había señalado otro explorador, John Speak, que.
Claro, igual algún oyente buscaba el Nilo Blanco porque otra cosa es el Nilo Azul.
Claro, sí. Menudo follón tenían esto entre los exploradores. Es que lo de este Nilo es complicadísimo, es un río muy suyo. Hay un tramo que llaman el Nilo Azul y otro que llaman el Nilo Blanco. El Azul ya sabían que nace en mitad de Etiopía, en un lago que se llama Atana, y que transcurre hasta juntarse con el Nilo Blanco en Jartum, que es la capital de Sudán. En Jartum se juntan los dos y empieza a discurrir ese gigantesco Nilo que todos conocemos o visualizamos.
Pero, ¿de dónde demonios venía el Nilo Blanco? ¿Dónde nacía? Bueno, pues esto no había forma de confirmarlo. Primero intentaron averiguarlo dos exploradores, que era el citado Speak este y el famoso Richard Burton. Bueno, no confundirlo con el actual.
No, no, no.
Richard Francis Burton se llamaba. Y al final, la sociedad británica encargó a David Livingstone que volviera a África a explorar el nacimiento del Nilo Blanco. Digo que volviera porque ya había estado. Livingstone fue el primer europeo en cruzar el desierto del Kalahari y el que renombró las Cataratas Victoria, que ya tenían nombre.
Claro, supongo.
Mucho más bonito el de las Cataratas Victoria y mucho más adecuado, y es como las siguen llamando. Creo que la llaman Mosi-oa-Tunya, el humo que truena en el idioma de allí, de lo que fuera en su lengua. Que es que la manía esta de ir cambiando los nombres a las cosas de la gente. Pero la verdadera importancia de David Livingstone no fueron sus exploraciones ni sus logros científicos. En África amaron a ese hombre blanco por su gran calidad humana. Su máximo empeño fue la lucha contra la esclavitud y la defensa de los pueblos africanos.
Pero esto en Inglaterra, pues la verdad, les tocaba un pie.
Claro, eso que acabas de decir se entiende, porque en aquella época, que era una época de un colonialismo brutal, depredador, claro, preferían poner el foco en los éxitos de un explorador que descubría tierras y tal, que en su actividad antiesclavista. Claro, eso no interesaba promocionarlo mucho.
Claro, bueno, les interesaba menos. Ahí lo importante era apuntarse tantos con otros países de descubrimientos y de renombrar cosas, como lo de las cataratas y todo esto. Mientras que a los africanos les daba exactamente igual si las cataratas las llamaban así o asá. Amaban a Livingstone por la defensa que hacía de ellos. Y tanto se implicó que se enredó más de la cuenta por África. Las comunicaciones no es que fueran fáciles entonces, no dio señales de vida. Y como Livingstone era un tipo famoso y hacía tiempo que no había noticias suyas, el periódico estadounidense New York Herald organizó una expedición para encontrar al escocés, y esa expedición estaba encabezada por el reportero Henry Morton Stanley, que estaba en las antípodas de Livingstone en cuanto a calidad humana y además desastre como periodista, muy burdo, de los que no permite que la realidad le fastidie un buen titular.
Vaya.
Stanley era muy ambicioso, era fullero, era maltratador, era déspota, era una perla como persona. Estaba en el polo opuesto a Livingstone, no solo en su trayectoria vital, porque también la muerte se encargó de señalar las diferencias entre uno y otro. A David Livingstone le tocó morir el día 1 de mayo de 1873, año y pico después del encuentro con Stanley. El hombre falleció de una hemorragia interna después de dos meses, agonizando por la disentería y la malaria. Pero el explorador escocés ya era lo suficientemente célebre como para que Gran Bretaña no se olvidara de él, por muy lejos que hubiera muerto de su país, y desde Londres se dieron instrucciones para su traslado y entierro en la abadía de Westminster, el gran panteón de los ilustres británicos.
Ostras, pero estoy pensando que 1873, trasladar un cadáver hasta Londres desde qué punto exactamente? ¿Dónde estaba? ¿En Zambia? ¿Dónde? Bueno, donde fuera.
Zambia, también.
El corazón de África, has dicho, ¿no?
Sí, sí, sí.
Debía ser una empresa.
Tremenda. Sí, claro. Es que además Zambia es muy al sur del está en el centro de África, pero muy tirando al sur. O sea, miles de kilómetros lo separaban de Reino Unido, que los africanos se habrían quedado con Livingstone de mil amores. De hecho, se quedaron con su corazón. Pero las órdenes de Londres fueron que los nativos prepararan el cuerpo y lo enviaran a Reino Unido. El blanquito dando órdenes, ¿sabes? Era un viaje demasiado largo, y además que se auguraba también demasiado accidentado.
Y los amigos del explorador obedecieron, los africanos, y prepararon muy bien el cuerpo. No bastaba solo con conservarlo en sal, como indicaron desde Londres: "Lo conserváis en sal y con eso ya está". No. Es como si fuera una alubina a la sal, o un adorado, yo qué sé. Ya sabían los zambianos, o los zambianos, no sé cómo se llaman, los de Zambia.
Los de Zambia.
Los de Zambia. Que eso, a ver, eso no iba a ser tan fácil si querían que Livingstone llegara en el mejor estado posible, sin descomponerse, para entendernos. Evidentemente, lo primero que hicieron fue eviscerar, extraer todas las vísceras, todos los órganos blandos para evitar la descomposición del amigo escocés.
O sea, por lo que has dicho, lo de sacar el corazón, que fue por razones prácticas, no románticas. No es que se quedara el corazón como símbolo de la... no. Es que la evisceración era imprescindible para que no acabara oliendo el cadáver, ¿no?
Totalmente. No, no, siempre tiene. Lo primero que hay que hacer siempre para embalsamar es eviscerar, porque si no, casi siempre, ¿no? Cada vez que se escucha esto, que creo que es The Cure, siempre parece, suena, viene C6 a la cabeza, evidentemente. Pero bueno, ya que tenían el corazón, ese órgano tan romantizado en casi todas las culturas, que parece que ahí reside toda la esencia humana, a mí me parece un error. Los sesos, los cerebros, solo importante. Y esto me recuerda que tengo pendiente contar lo del banco de cerebros de Moscú, que anda madre, hace meses que dije yo esto.
Sí, sí, una curiosidad. Pero bueno, de haber sido otro el que se muriera, todas las vísceras habrían ido a la basura, que es lo lógico. Pero cuando se te moría un famoso, enterraban el corazón con solemnidad, o se lo quedaban en formol o desecado. Sí, el de Lord Byron está enterrado en Grecia. El corazón de Percy Bishelli lo tuvo siempre con ella, su viuda, Mary Shelley, la de Frankenstein. El del tenor Giuseppe Anselmi, el corazón está en el Museo del Teatro de Almagro, en Ciudad Real.
Y el corazón de David Livingstone está enterrado, guardado en una cajita de hierro al pie de un árbol, un árbol que se llama un pundu.
Un pundu.
Un pundu. En la corteza de ese árbol grabaron el nombre y la fecha, no del fallecimiento de Livingstone, sino del entierro del corazón, que fue tres días después, el 4 de mayo. Supongo que los amigos africanos dirían: "Vale, os lleváis a nuestro colega Livingstone, pero su corazón se queda aquí, con nosotros, en el corazón de África", valga la redundancia. Así evitaron que su recuerdo se perdiera como lágrimas en la lluvia. La frase no es mía.
No, la frase no es tuya. Oye, y ese recuerdo se conserva? Quiero decir, ¿el árbol todavía está?
No, pero allí sigue. No, el corazón no, pero allí... O sea, perdón, el árbol no, pero el corazón sí.
El corazón sigue.
Sí, sí, sí. Y el trozo de corteza donde se realizó la inscripción lo guardan en la Real Sociedad Geográfica Británica. El trozo de corteza sí está, pero el árbol murió. En lugar del árbol hay un monolito piramidal de hormigón, bastante tocho y bastante feo, por cierto. Pero bueno, sirve para el propósito. Pero es que aún quedaba lo más complicado, y sobre todo lo más emotivo. Así que solo doy unas pinceladas para continuar mañana. Después de la evisceración de David Livingstone, rellenaron todas las cavidades con sal, rociaron el cuerpo con aguardiente y lo dejaron al sol para que se secara durante 14 días.
De vez en cuando le daban la vuelta para que se fuera secando por igual, ¿sabes? Como un arenque. Lo que hicieron fue forzar una momificación. Después envolvieron el cadáver en una manta de lana, lo introdujeron dentro de una corteza de árbol, que luego forraron a su vez con otro tejido fuerte. Livingstone, literalmente forrado, con más capas que una cebolla, el hombre estaba listo para emprender camino de Reino Unido. Y de él no se separó ni en un solo kilómetro del recorrido su fiel amigo africano Jacob.
Un viaje de miles de kilómetros por tierra y por mar, a lo largo de 11 meses, en los que el fiel Jacob no perdió de vista ni un minuto al gran David Livingstone.
Pues no hace falta que te quedes, Nieves, pero mañana vuelve. Vale.
Que tenemos el segundo episodio de la serie sobre Livingstone, ¿vale?
Sí. Ay, qué bonito verla en la mañana.
Sí, joder, de verdad. Venga, un beso. Hasta mañana.
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Nieves Concostrina detalla el famoso encuentro en 1871 entre el explorador y defensor de los africanos David Livingstone y el periodista Henry Morton Stanley, así como los detalles posteriores sobre la muerte de Livingstone y la singular repatriación de su cuerpo por parte de sus fieles amigos en África.